domingo, 4 de diciembre de 2016

Mi viaje a Granada

¡Buenas tardes, contraportadistas!
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En este post, voy a salirme un poco de lo que es el mundo literario para contaros una anécdota. Además de leer, bien sabéis que me encanta escribir, y una de las mejores formas de conseguir inspiración es viajando.

En esta ocasión, viajé el fin de semana pasado con la universidad a Granada. Allí viví muchas y maravillosas aventuras y conocí a un nuevo amigo (¡un beso desde aquí, Javi!).

Si algo puedo decir del viaje es que estuvo pasado por agua, pues fue el fin de semana de las lluvias. Aun así, abrigo puesto y paraguas en mano, nadie consiguió quitarme el buen humor. Tras un viaje en bus de unas cinco horas llegamos al hotel, llamado Los Basilios. Lo curioso del lugar era que además de hotel era un monasterio. Era en su conjunto un cortijo precioso, con un patio interior de naranjos, pasillos bonitos y una capilla magnífica. Pienso ponerle un cinco en Trip Advisor. Como en un principio había ido al viaje sin acompañantes me apunté para compartir la habitación con una desconocida, pero ella acabó pasando la noche con sus amigas así que me quedé con la habitación doble para mí (¡YUJU!).

Tras una comilona nada desdeñable (revuelto de setas y jamón, rabo de toro y arroz con leche), solo tuvimos tiempo de llevar las maletas a la habitación antes de ir a la Alhambra. Lo único que puedo decir de ese lugar es que es mágico, parece sacado de un cuento exótico, me veía a mí misma quedándome días enteros allí leyendo Las mil y una noches en voz alta. Todo parecía un inmenso templo dedicado a la naturaleza, con miradores desde los que se veía la ciudad entera de Granada, jardines bien cuidados a rebosar de plantas y flores de todas las especies, muros decorados con filigranas y muchas fuentes. Como decían las profesoras que nos guiaban, era un lugar que excitaba los sentidos. El olor a flores, el sonido del agua cayendo, el tacto de los muros, la visión de las espléndidas vistas... La lástima fue que íbamos con prisas y no pudimos disfrutar de la paz que inspiraba el lugar. Dentro de la Alhambra los lugares que más me llamaron la atención fueron el Generalife, el Palacio de Carlos V y el Patio de los Leones (este último enturbiado por un andamio). A cada paso que dábamos las guías nos contaban las leyendas de cada estancia, y uno casi podía sentir las miradas de los antiguos califas en su espalda.

La tímida lluvia acabó por convertirse en una tormenta, y el horario de visitar del público expiró. Salimos corriendo para no mojarnos pero, ahí la anécdota, nos perdimos. Mi nuevo amigo Javi, yo y otras muchachas nos quedamos perdidas en medio de la Alhambra (que os recuerdo que es una pequeña ciudad) pero nos lo tomamos con filosofía y acabamos encontrando la salida correcta (con un alto en el camino para que unas pasaran al baño). Tened en cuenta que si tardábamos mucho el bus se iría sin nosotros, pero acabamos por encontrar la senda y yo ahora lo recuerdo riéndome. Lo mejor de todo es que cuando el bus nos volvió a dejar en la calle del hotel, casi nos metimos en otro hotel diferente (sí, nos perdimos otra vez).

Dicho esto, la noche era nuestra. Probablemente muchos nos habríamos ido de fiesta o a explorar, pero os recuerdo que había una tormenta de mil demonios y acabamos buscando un sitio para cenar (¡no iba a marcharme de Granada sin ir de tapeo!). Acabamos en un lugar llamado Tapas XXL con paredes de cristal que dejaba ver la ciudad. Por solo 7€ me tomé dos Fantas, una hamburguesa, un salmorejo y un San Francisco. La anécdota de la noche es que noté el San Francisco un poco amargo y... sí, amigos, es que le habían echado alcohol. La camarera se disculpó y me lo cambió. A parte de este intento (confío involuntario) de emborracharme, el resto de la noche fue tranquila.

A la mañana siguiente vuelta a empezar, Javi y yo vimos que había desayuno buffet en el hotel y nos pusimos las botas como unos campeones. Esa mañana fuimos a ver el barrio del Albaicín, la catedral de Granada (en la que están enterrados los Reyes Católicos), y el centro de la ciudad. Lo que más me gustó fue el Mercado de Artesanía, que parecía un mercado marroquí en pequeñito, con lonas entre las estrechas calles, chismes de todo tipo, luces, lámparas, figuritas, cojines, recuerdos y un fuerte y embriagador olor a incienso.

Luego volvimos al hotel y... ¡sorpresa! Javi y yo acabamos metidos en medio de una manifestación de la marea blanca sobre el mal estado de los hospitales. ¡No podíamos ni andar! Os aclaro que (por una vez) no nos habíamos perdido, pero había dado la casualidad de que los manifestantes iban por el camino de vuelta al hotel. Además, todo estaba lleno de cámaras de televisión. Si me visteis en las noticias y os peguntasteis qué leches hacía yo en una manifestación de Granada, ya tenéis la respuesta.

El resto fue comer y coger el autobús de vuelta a nuestros hogares. La gente estaba muy desanimada, nos lo estábamos pasando genial y no queríamos irnos. En el alto para descansar me aprovisioné con una buena caja de piononos (dulce típico) y el resto del trayecto nos pusieron la película de Love actually.

Solo os diré una cosa más... ¡QUIERO VOLVER!

Ah, se me olvidaba. Ya sabéis que cuando viajo siempre me llevo un libro o un cuaderno del sitio que visito. En este caso me he quedado con esta maravilla: